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| Cárceles, ayer y hoy. . | ||
| Dionisio Navarro fue un campesino de la zona de Curicó que apareció un día por Valparaíso en busca de trabajo. Hombre joven, de escasas letras, débil ante los botellones de vino, una mala tarde se le cruzó el diablo en el camino: en un despacho de licores del puerto escuchó al viejo Juan Rosas que se jactaba de andar recién pagado. Cuando el viejo Juan salió a culebrear por el sendero que conduce a Quebrada Verde, el alcohol le impidió sentir que lo seguían: Dionisio Navarro y otro gañán lo alcanzaron y de tres garrotazos lo dejaron tendido y con el alma arrancándose para alguna parte. Navarro fue condenado a muerte por ese crimen. En la cárcel de Valparaíso lo encontró Mariano Avellana y lo acompañó hasta enfrentar el piquete de fusilamiento. En relaciones escritas por el misionero podemos acercarnos a la vida de las prisiones en esos tiempos: era mayo de 1886. "Eran las seis y media de la mañana del 3 de mayo, cuando me encontraba con el reo en su celdita que mide tres metros de largo por dos de ancho y tiene bóveda de ladrillo. Estaba sentado en una silla ordinaria, con grilletes en los pies, un pequeño crucifijo en las manos; delante había otro crucifijo mayor en una mesita, y a cada lado una vela encendida. Después de haberle hecho varias reflexiones alusivas al caso, le escuché en confesión. Llegó la hora prefijada por el juez del crimen para ejecutar la sentencia. Se presentó el secretario del juzgado quien leyó la sentencia de muerte. Ayudamos al reo a vestir la mortaja de San Francisco y salimos para el lugar del suplicio; apenas podía caminar por lo pesado de los grilletes y por la impresión. Sin embargo se hallaba muy confortado y bien dispuesto, convencido de que merecía mucho más por sus crímenes. Con otro sacerdote lo tomamos de los brazos y le íbamos diciendo oraciones que él repetía con devoción. Otros sacerdotes venían detrás rezando las letanías de la buena muerte. Más atrás venía el piquete de soldados y a continuación muchos jefes militares y unos doscientos caballeros. En las verjas de hierro de las puertas principales se veían mucha gente: hombres, mujeres y niños, atraídos por el suceso. Llegamos al sitio de la ejecución: había una viga gruesa de dos metros de altura por cuarenta centímetros de ancha. Estaba clavada en tierra. A la altura conveniente había un taburete en el que se sentó el reo y el verdugo lo amarró a la viga por el pecho y le vendó los ojos con un velo que le cubría hasta la barba. Le dije en voz baja que en ese instante pidiera perdón a todos por su crimen y me respondió que yo lo hiciera en su nombre. Así lo hice, en voz alta para que me oyeran hasta los centenares de presos que sacaron de los calabozos y pusieron a cierta distancia del ajusticiado. También exigí a todos los presentes que también le dieran el perdón al reo y se oyó un grito unánime: ¡Sí, lo perdonamos! Al m omento se colocó un piquete de cinco soldados y un oficial frente al reo, y a unos cuatro pasos de distancia. El oficial me hizo un gesto para que me retirara un poco y levantó la espada desenvainada: en ese momento descargaron cuatro tiros en el pecho del ajusticiado. Yo creo que murió al instante y por eso recé en voz alta un responso. Mientras tanto la sangre salía a borbollones y corría por el suelo. Apenas concluí el rezo un soldado que había quedado en reserva se acercó al ajusticiado y descargó un tiro a boca de jarro que entrándole por el carrillo le destrozó la mandíbula. Un espectáculo horrible. Toda la gente parecía estatua, mirando sin pestañear y en un silencio sepulcral. Entonces volví a hablar; con voz fuerte y con movida les prediqué una plática basada en las palabras del Papa en 1885: no hay mejor ciudadano que el hombre que cree y practica su fe desde niño. No he visto auditorio más atento en mi vida". Esto fue lo que escribió Mariano. El Mercurio de Valparaíso informó sobre el fusilamiento de Dionisio Navarro. Y también informó que "un sacerdote alto y robusto, con poderosa voz, dirigió la palabra a todos los presentes y pocas veces hemos oído una voz más adecuada." Han pasado más de cien años. La justicia en Chile recién comienza a ponerse a tono con una nueva visión del ser humano y su entorno social. Hace apenas un par de años se suprimió la pena de muerte en el país, dejando atrás esa venganza social primitiva y cruel que pretendía hacer justicia de un asesinato con otro asesinato, esta vez legal. Se empieza a modernizar el sistema, tanto en las actuaciones de los tribunales como en el cumplimiento de las condenas. Pero queda aún un largo, muy largo, camino por recorrer. Como aporte a quienes deseen conocer más de cerca la situación y los empeños de la justicia chilena, hemos seleccionado algunos textos que reflejan la realidad hoy día en este campo. |
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