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Venerable Padre Mariano Avellana
Un Claretiano camino a los altares 
A cien años de su muerte.

El P. Mariano Avellana Lasierra fue un misionero claretiano excepcional. Cien años después de su muerte (14 de mayo de 1904) en un hospital de pobres en el norte de Chile, recordar su ejemplo notable de santidad como religioso y misionero es un deber de la Congregación.

La Iglesia lo ha declarado Venerable; sus devotos pregonan prodigios obtenidos por su mediación. Este centenario es una estupenda oportunidad para atizar el fuego misionero de la Congregación, en una decidida opción por los más necesitados de la presencia divina al estilo del P. Mariano. Coyuntura para volver a las fuentes inspiradoras de su espiritualidad congregacional y considerarlo modelo vocacional.

Un origen como tantos

Mariano Avellana nació en Almudévar, provincia y diócesis de Huesca, España, el 16 de abril de 1844, en una cristiana familia. Sus padres, Francisco y Rafaela, de muy buena posición y buenas costumbres, tuvieron 8 hijos: Mariano fue el quinto.

El mismo escribiría más tarde: " a la religiosidad de mis padres, después de Dios, debo el ser sacerdote". El día de su nacimiento fue bautizado en la capilla de Santa Ana, que su familia poseía en la iglesia parroquial. Aún se conserva la jarrita de cristal con que derramaron sobre su cabeza el agua liberadora y que sus familiares han seguido usando en el mismo gesto sacramental.

Mariano asistió a la escuela de su pueblo como cualquier niño, con su ábaco y su gramática. Más tarde lo enviaron a Huesca para aprender latín y humanidades. Asistió al seminario, primeramente como alumno externo; luego pasó a ser seminarista interno, en 1861.

En ese tiempo era padre espiritual del seminario el joven sacerdote Pablo Vallier, quien pronto ingresaría a la congregación de Claret, sería notable maestro de novicios en Prades y encabezaría la primera expedición claretiana hacia América. Fundador y superior de ella por muchos años en Chile, llegaría a ser el claretiano de mayor influencia y con quien el P. Mariano tendría contacto por unos 22 años.

En 1864 se establecieron en Huesca los misioneros del Corazón de María, con un incansable apostolado de misiones, ejercicios al clero, dirección espiritual y retiros en el seminario. Todo era ocasión para que los conociera el joven Mariano, quien el 19 de septiembre de 1868 recibía en Huesca la ordenación sacerdotal.

Los caminos del Señor

Pronto sintió Mariano el llamado de Dios a la vida religiosa y misionera. En septiembre de 1870 llegaba al noviciado de los claretianos desterrados, en Prades, Francia. Hizo su profesión religiosa el 29 de septiembre de 1871, en manos del cofundador y superior general P. José Xifré. Estaba dispuesto para emprender cualquier misión. No pasó mucho tiempo: en 1873 recibió su destino a Chile, al otro extremo del mundo. Antes de despedirse, en presencia de toda la comunidad y encomendándose a sus oraciones, pronunció su lema para toda la vida " o santo, o muerto". Su espíritu tenaz respondería por él.

El 10 de agosto embarcó la tercera expedición cordimariana hacia Chile, tierra de campos misioneros. El P. Mariano y sus compañeros llegaron al puerto de Valparaíso el 11 de septiembre de 1873 . En la noche golpeaban a las puertas de la comunidad de Santiago, la capital, 190 kilómetros al sur del puerto.

Comenzaba Mariano una nueva vida que se prolongaría por treinta años misionando sin un día de reposo; sin volver a su patria; recorriendo pueblos, parroquias, campos, desiertos, valles, costas, hospitales, cárceles, asilos, capillas, conventos, catedrales. Sobre una "loca geografía", como suele llamársela; con precarios medios: a pie o a caballo, o a lo más en incipientes ferrocarriles; sufriendo inauditos tormentos en el cuerpo. Hay argumentos para afirmar que el P. Mariano es el misionero más notable en el Chile del siglo XIX.

Predicador incansable

Apenas llegado a Santiago, el mismo año 1873 alcanzó a predicar siete misiones. Colina, Doñihue, Coltauco, Pichidegua, Peumo, Alhué, Maipo, son los benditos nombres de los primeros pueblos o parroquias de la zona central chilena que recibieron su voz y su fuego evangélico. Ese número se multiplicaría cada año. Hasta que una vez escriba:

"Este año (1903) es uno de los que más he predicado en toda mi vida ( 33 misiones), y siempre bueno e incansable. No tomo carne, ni leche, ni vino; me levanto a las dos de la mañana -con permiso de los superiores".

Parecía olvidar las 43 misiones que predicó el año 1888, o a las 42 del año 1898. Podemos contar en más de 700 el número de sus misiones, ejercicios, retiros, triduos, aparte de pláticas, sermones, panegíricos. Pero no es tanto la cantidad lo que interesa, sino el espíritu que lo animaba, buscando siempre a los más desvalidos de la sociedad y los más necesitados de la presencia divina.

Hay consenso unánime en que los destinatarios preferentes de sus afanes misioneros fueron los más pobres, los enfermos y los encarcelados.

"Si puedes, detente con los pobres que encuentres por ahí " -escribe-. "Martes: hospital siempre". "Predicar hospital y cárcel todas las semanas". "Lunes, martes, jueves si se puede, de 3 a 4 cortar cabellos (a los enfermos del hospital)".

El mismo contaba cómo le había tocado acompañar, confesar y consolar hasta el último instante a un reo condenado al fusilamiento: "aquel horrible espectáculo" -decía.

La fuerza del su espíritu

Su ministerio estaba imbuido del espíritu de " Nuestro Señor Jesucristo, Misionero Divino", o del "Corazón eucarístico de Jesús" , reforzado por la maternal protección de María: "Corazón de María en vez de Santísima Virgen". Con una devoción entrañable a nuestro Fundador, a los santos, especialmente a sus patronos. El P. Mariano "canonizó" a Claret; en una de sus invocaciones del año 1895 escribe: Ste. Antoni Maria Claret ora pro me ad Dominun" . A los santos dedicados a los enfermos les imploraba: " San Juan de Dios, San Camilo de Lelis, San Francisco de Borja y San Vicente de Paul, dad gracias al Señor por mí y conseguidme grande amor a los Enfermos, Pobres y Encarcelados".

¡Y vaya si los amó! Por todos ellos se propuso: "orar heroicamente; trabajar heroicamente; padecer heroicamente".

La oración fue la potencia inagotable de su vida y acción. ¡Cuántas veces suplicó a los superiores que lo dejaran levantarse a las dos de la mañana para dedicar más tiempo a la oración que al sueño o descanso!

Una parálisis facial que le duró buen tiempo lo hizo sufrir más por el impedimento para predicar que por los dolores que le causaba. Una herida en una pierna se le abrió en carnes vivas y nunca más cerró, causándole verdaderos tormentos para caminar, montar a caballo en las misiones rurales, con la bota pegada a la llaga. El hermano que le curaba la pierna no podía explicarse cómo soportaba semejantes dolores. "De milagro andas" le dijo uno de sus superiores.

Pero además le aguijoneó sin medida una infección de herpes en el bajo vientre: -holocausto perpetuo herpes. Gratia Dei"-, afección incurable en esos tiempos por la escasez de remedios y porque él mismo la asumió como acicate de penitencia y de sacrificio: " en obsequio a la Santísima Trinidad no curar... herpes sino cada tres días, y eso con agua o pañito". "No lavar herpes, siquiera cada tres días...". Las molestias debieron ser tan excesivas y la aceptación tan profunda, que pidió permiso para atarse las manos durante la noche para no tocarse o rascarse. Soportó piadosamente tal sufrimiento y le dio réplica de santo: "venceré a ese fiero e indomable enemigo: te será la cruz más meritoria ".

El "santo Padre Mariano"

El pueblo cristiano respondió expresando su admiración por la vida y la acción del P. Mariano. Obispos, sacerdotes, religiosos, fieles lo llamaban " el santo Padre Mariano". Hasta la prensa, más bien hostil que amiga de la Iglesia por entonces en amplias zonas de Chile, se hacía eco de ese lenguaje:

"¡Reos de la cárcel de Coquimbo, ayer mismo ya pudisteis oir la voz del santo padre Mariano (tal es el nombre con que se le conoce desde Antofagasta hasta el archipiélago) a quien desde ahora tendréis todos los días en vuestra compañía para llevaros consuelo. ¡Enfermos del hospital, a cada momento estará el santo padre Mariano a vuestra cabecera para derramar el bálsamo del consuelo...".

Su muerte el 14 de mayo de 1904, en Carrizal Alto, pequeño poblado ya desaparecido, tuvo todos los ingredientes de su vida: última misión, trabajos duros, caída de un caballo, oración constante, Santísimo Sacramento, invocación a María, enfermedad y fiebre sin remedios, cilicio incrustado en la carne, deseo de morir en un hospital como los más pobres y desvalidos, aspiración al cielo, llanto de los más sencillos, calma y tranquilidad del justo.

En 1919 se abrió el proceso ordinario informativo para su beatificación y canonización en La Serena, Chile, con un proceso complementario en Santiago y otro en Rosario, Argentina; finalmente, en su diócesis natal de Huesca, España, en 1924. Declararon 84 testigos.

El 9 de mayo de 1924 fue entregado el proceso a la Sagrada Congregación de Ritos en Roma. En 1971 hubo juicio afirmativo unánime sobre la Introducción de la causa. Confirmando ese parecer, Pablo VI decretó, el 7 de enero de 1972, que fuese introducida la causa del siervo de Dios P. Mariano Avellana. Juan Pablo II aprobó la heroicidad de sus virtudes en 1987, y lo declaró "Venerable".

Sus restos se conservan desde 1981 en la Basílica del Corazón de María de Santiago de Chile, a la espera de su glorificación.

P. Fernando Ruz Trujillo, cmf



Padre Mariano Avellana, 1899
Archivo de la Postulación. Se considera la foto oficial; hay otras de pinturas hechas sobre su figura.






Trozo de una carta inédita del P. Mariano
no aparece en los escritos del P. Mariano en el libro Summarium Documentorum. La descubrió el P. Fernando Ruz en sus investigaciones sobre la Provincia Claretiana de Chile.