La
crisis del sistema penitenciario chileno
Francisco Prado O.*
Como nunca, en la actualidad las cárceles chilenas
tienen muchos más presos de lo que les permite su
capacidad. Eso no es bueno para nadie. Se está causando
un enorme daño y gastando mucho sin resultados positivos.
Desde una perspectiva humanista, el autor llama la atención
sobre las alternativas para lograr mejores resultados con
menores costos humanos y económicos, y sin debilitar
la seguridad.
La institución carcelaria como tal, la prisión
concebida como el espacio por excelencia de protección
para la sociedad y de preparación para la reinser-ción
de quienes han delinquido, está en crisis en todo
el mundo. Por sus ínfimos resultados en cuanto a reinserción1
, por las generalmente inhumanas condiciones de vida de quienes
en ellas están recluidos, por el costo humano y económico
para el recluso, su familia y el Estado y, finalmente, porque
la cárcel como institución está más
cercana de ser causa de criminalidad que solución
a ella. Mientras llega el consenso respecto de estas que
para los especialistas son ya evidencias, es deber de todos
velar porque las condenas de reclusión se cumplan
en las mejores condiciones posibles e intentar mantener los
sistemas carcelarios dentro de límites que permitan
manejarlos con el menor daño social posible.
En el caso de Chile pareciera que estamos alarmantemente cerca
de rebasar esos límites. Durante la última década,
se había logrado iniciar un camino de reformas que permitían
pensar que eventualmente tendríamos un sistema penitenciario
al menos tolerable.
En 1995 había alrededor de 22.000 personas recluidas, ciertamente
en condiciones de hacinamiento, con programas y personal insuficientes,
y se había iniciado una serie de reformas que lograron,
por la vía de los presupuestos sectoriales e institucionales
ordinarios, aumentar el número de plazas y mejorar las condiciones
de vida de un segmento muy importante de reclusos: se construyeron
penales nuevos en Valparaíso, Arica, Tocopilla, Yumbel,
Puerto Aysén, Santiago, Angol, Porvenir; se amplió la
capacidad y se modernizaron otros como Concepción, Antofagasta,
la Penitenciaría de Santiago e Iquique; se contrató más
personal y se mejoraron sus remuneraciones; se inició una
serie de programas innovadores de tratamiento penitenciario.
Si la población penal se hubiera mantenido estable, aumentando
sólo en una proporción equivalente al crecimiento
demográfico del país, al final de la década
se habría llegado a una población penal del orden
de 24.500 reclusos, en condiciones sensiblemente mejores que las
del inicio de la década.
Pero ello no ha ocurrido así, y a mediados del 2001 existen
en las prisiones que administra Gendarmería de Chile2 unos
35.000 reclusos. Es decir, un crecimiento de 60 % que coincide
con la tasa de hacinamiento3 .
Y ahí está la clave del problema: ningún país
del mundo puede, en tan corto plazo y sin una inyección
masiva de recursos, absorber tal crecimiento de la población
penal sin agregar a la crisis sistémica, propia de la institución
carcelaria, niveles de hacinamiento que la pueden hacer inmanejable.
Incremento de la
población penal
¿Por qué, en cinco años, la población
penal ha aumentado en casi un 60 % mientras la del país
lo ha hecho en menos de 10 %?
Esa es la pregunta central, la que debemos responder antes de decidir
qué hacer. Si no lo hacemos, podemos encontrarnos con que
estamos decidiendo gastar una gran cantidad de recursos para encontrarnos
con que, al cabo de los próximos diez años tendremos...
tal vez 80.000 presos y necesitaremos construir no cinco o diez
sino al menos otras veinte cárceles.4
Las explicaciones para este aumento explosivo de la población
penal pueden ser muchas y, según diversos autores, no todas
están relacionadas con un incremento real de la criminalidad5
: presiones de la opinión pública, alarmada por supuesto
incremento de los delitos, una consiguiente mayor actividad policial,
penalización de conductas que antes no se sancionaba con
penas de prisión (fundamentalmente, microtráfico
de drogas), restricción de las libertades provisionales
y condicionales u otras, entre las cuales la realidad socioeco-nómica
del país tiene una importancia no menor.
Pero todas ellas tienen una sola consecuencia: estamos enviando
y manteniendo a mucha gente en prisión, a mucha más
gente que antes. Y no sólo sin resultados en cuanto a rehabilitación
o una mayor sensación de seguridad, sino también
estamos dañando a muchas familias y gastando mucho dinero.
Para mantener recluidas a estas 13.000 personas adicionales, el
Estado ha debido incrementar su gasto en cerca de 22 mil millones
de pesos (casi exactamente el costo de construir dos cárceles
para 1.500 reclusos cada una. O de proporcionar empleo remunerado
con el salario mínimo, por todo un año, a unas 18.000
personas...)6 .
Chile es hoy, en América, el país que tiene más
personas recluidas después de los EE.UU. Este es, después
de Rusia, el país con más presos en el mundo.7 Ello
en circunstancias de que nuestro país parece no tener más
ni menos criminalidad que los demás y que la ciudadanía
experimenta una similar sensación de inseguridad frente
a lo que se percibe como un incremento importante en la criminalidad.
Si tuviéramos la cantidad de presos que tienen países
con similar grado de desarrollo o aspiraciones en lo económico,
lo social y en cuanto a calidad de vida, no debiéramos superar
los 20.000 reclusos (100 a 130 reclusos cada 100.000 habitantes,
alrededor de un 50% sobre lo que normalmente tienen los países
europeos). Si así fuera, no existiría hacinamiento,
puesto que en nuestras prisiones cabe esa cantidad, como tampoco
insuficiencia de personal, ya que la dotación actual permitiría
una relación reclusos-funcionarios de 3 ó 4 por cada
gendarme, muy similar a los promedios internacionales.
Entonces, pareciera que una aproximación de una mínima
racionalidad al problema de la sobrepoblación8 no pasa por
construir más cárceles (como no sea para renovar
aquellas que están obsoletas), sino por detener esta
verdadera bola de nieve usando el simple expediente de mandar menos
gente a prisión.
Hay delitos cuya sanción no puede ser otra que la pena de
prisión. Quienes constituyen un peligro real para la sociedad
deben ir a prisión y permanecer en ella el tiempo que la
ley determine.
Pero hay otros, muchos otros, para los cuales esa pena resulta
ineficaz, contraproducente y antieconómica.9
Alternativas a la prisión
En estos últimos casos debe buscarse alternativas.
Chile tiene ya una experiencia más que exitosa10 con
las Penas Alternativas consagradas en la Ley 18.216 cuyos
resultados, después de más de quince años
de aplicación, son claramente superiores a los de
las penas de reclusión en cuanto a reincidencia, efectividad
y economía para el Estado.
Pero estamos desperdiciando ese enorme potencial. Sólo utilizamos
los tres tipos de penas que contempla esa ley (reclusión
nocturna, libertad vigilada y remisión condicional de la
pena), existiendo muchas otras. Penas pecuniarias como los días-multa,
reclusión de fin de semana, toque de queda para personas
que han cometido cierto tipo de delitos, arresto domiciliario,
restricciones o inhabilidades temporales o permanentes para desarrollar
determinadas actividades o frecuentar recintos específicos
y otras, son sanciones probadas en otros países, mucho más
efectivas en cuanto a resultados y de mucho menor costo para el
Estado, pudiendo en algunos casos inclusive originar economías
nada despreciables en ámbitos diferentes de lo penitenciario.
Mención aparte merece la pena de "Trabajos Comunitarios",
o "Trabajo en Beneficio de la Comunidad", como se la denomina en
otros países. La Ley de Drogas, la Ley de Violencia en los
Estadios y la de Violencia Intrafamiliar la contemplan desde hace
varios años y hasta la fecha prácticamente no se
ha aplicado. Y ocurre que esa sanción ha demostrado ser,
nada más y nada menos, la más efectiva de todas las
penas para quienes cometen delitos no graves por vez primera. Efectiva
en cuanto a su bajísima reincidencia, efectiva en cuanto
a su mínimo costo, generando incluso mano de obra gratuita
o voluntaria, y efectiva en cuanto al impacto sobre la persona
del condenado. Claro, al igual que todas las penas alternativas,
debe estudiarse bien a qué personas se aplica, y para sancionar
cuáles delitos.
Finalmente, está el tema de las libertades provisionales
y las libertades condicionales.
No se conocen en Chile estudios acabados al respecto pero, ¿ha
disminuido la criminalidad al restringirse drásticamente
la libertad provisional? (aquella que se puede otorgar a los procesados
mientras dura su proceso). La respuesta parece ser negativa.
Lo mismo ocurre con la libertad condicional, aquella que se otorga
a quienes han cumplido la mayor parte de su condena y observado
un buen comportamiento. En los últimos años se ha
resuelto favorablemente un porcentaje ínfimo, inferior al
uno por ciento, de las libertades condicionales solicitadas. Ello, ¿se
ha traducido en menos delitos? También pareciera que no.
Al menos, ninguna estadística da cuenta de una disminución
en la cantidad de delitos que se comete en el país.
En resumen, entonces, la solución a la actual crisis penitenciaria
parece no ser resorte sólo del sistema penitenciario. Poco
de lo que haga Gendarmería puede, en el corto plazo, aminorar
el problema.
Parece evidente que una solución más integral al
problema de la sobrepoblación de los recintos penitenciarios
consiste no en construir más cárceles sino más
bien en enviar menos gente a prisión. Ello se logra por
dos vías cuyos resultados no sólo se suman sino se
potencian mutuamente: una, disminuyendo la criminalidad con políticas
de prevención11 y no únicamente represivas; y dos,
sancionando a quienes cometen delitos menos graves con penas que
no impliquen reclusión.
Ello no significa dejar sin sanción a quienes han delinquido,
sino abrir el abanico de penas, usando la imaginación y
la experiencia internacional.
Tampoco significa no construir nuevas cárceles, ya que los
niveles de hacinamiento son insostenibles, como lo prueban hechos
muy recientes.
Una perspectiva de este tipo apunta no sólo a hacer algo
sustantivo por enfrentar esta crisis del sistema penitenciario,
sino también a mejorar la relación costos-beneficios
(no sólo económicos) del sistema de ejecución
de penas. Y sobre todo, lo que es cada vez más imprescindible,
a utilizar criterios compatibles con los derechos y la dignidad
de las personas y avanzar así, en el plano de la ejecución
de las penas, en el camino de la modernidad que tanto anhelamos.
* Criminólogo, Universidad Católica de Lovaina.
1 Independientemente de sus recursos, de su nivel de calidad de
vida, de diferencias políticas, educacionales o culturales,
las tasas de reingreso a los sistemas penitenciarios en casi
todos los países del mundo fluctúan en torno al
60 %.
2 Se excluyen los Centros de Reclusión de Menores, que dependen
del Sename.
3 Lo que parece dar la razón a quienes afirman que al construir
nuevas cárceles un país no disminuye el hacinamiento
de sus prisiones, sino aumenta su población penal.
4 Un simple ejercicio matemático nos alarma, en una proyección
ojalá espuria: 60 % de aumento eleva la población
penal a 35.000 personas en 2001; la misma tasa aplicada al quinquenio
2001-2005 la hace crecer a 56.000 reclusos y, al final del decenio,
a casi 90.000.
5 Entre otros, Dunkel, F. y Snacken, S., "Prisons in Europe", en
Dossier Scientifique, Colloque International Inaugural de l'Ecole
National de la Administration Pénitentiaire, Agen, Francia,
Noviembre 2000. Están relacionados con el aumento de la
población penal factores como cambios sociales estructurales,
demográficos y económicos; aspectos de política
criminal y judicial, e impacto de la opinión pública,
de políticos y de los medios de comunicación.
6 Cálculos hechos sobre la base de un costo diario por recluso
del orden de US$7,00. He ahí una relación sorprendente:
mantener a una persona en la cárcel durante un año
es, en el Chile del 2001, alrededor de un 30 % más caro
que pagarle un salario de $100.000 mensuales durante ese mismo
período.
7 Con fines comparativos, se cuantifica las poblaciones penales
por tasas cada 100.000 habitantes. Cifras gruesas sitúan
la población penal de los EE.UU. en torno a los 600 reclusos
cada 100.000 habs. y la de Rusia en alrededor de 800. En Chile
hoy, ella es 233 cada 100.000 habs. Debe sí hacerse la salvedad
de que sólo los países más desarrollados mantienes
estadísticas penitenciarias actualizadas.
8 Se parte de la base que a pesar de ser socialmente disfuncionales,
las cárceles existirán por un buen rato y debemos
manejarlas lo mejor posible, en todos los sentidos.
9 Ineficaz puesto que las condiciones de las cárceles no
permiten la rehabilitación de los delincuentes; contraproducente
ya que, por el contrario, agravan la criminalidad por la vía
del contagio criminógeno; antieconómica, pues la
pena de prisión es la más cara de todas las modalidades
de sanción penal.
10 Evaluaciones del Departamento de Medio Libre de Gendarmería
sitúan la reincidencia de estas penas entre 10 y 20%, según
la modalidad. Los costos económicos son enormemente inferiores
al no requerirse alimentar, alojar o custodiar a las personas condenadas
a una pena en libertad, y los costos humanos son incomparablemente
más bajos.
11 Es indudable que, tal como las cifras de población penal
no se relacionan exclusivamente con la criminalidad, ésta
a su vez tiene un carácter más sistémico y
se relaciona con políticas sociales, pobreza, exclusión
y otras variables. Pero ese es un análisis que trasciende
la intención de estas páginas. |