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Pasajes de la vida del Padre Mariano Avellana.  

Su primera comunión

En la casona de los Avellana se había hecho el silencio, puesto que los niños se habían ido a sus camas. En la cocina quedaban don Francisco, el padre, y Dña. Rafaela, la madre. El leía el periódico de Huesca y ella, guardados los utensilios de la cena, leía vida de santos.
En ese silencio se escuchó a D. Francisco:
- Rafaela
Ella levantó la vista del libro y le respondió:
- ¿Qué hay Francisco?.
- Supongo que te has dado cuenta que nuestro hijo Mariano ya tiene 8 años y por tanto debe prepararse para su Primera Comunión.
Dña. Rafaela asintió a lo que le decía su marido.
Desde esa día comenzó para Mariano un caminar en otro de los caminos que lo conducían hacia la santidad.
Su preparación para este sacramento fue principalmente en su hogar, aunque asistía al catecismo dominical:
Cada noche cuando su padre llegaba de las faenas del campo y descansaba un tiempo, llamaba a Mariano, quien se acercaba con el catecismo de Ripalda en la mano y se lo pasaba a su padre, tenía que dar la lección que le había señalado.
Los demás hermanos menores a cierta distancia miraban la escena y se reían entre si calladamente, porque esperaban los tirones de orejas a Mariano si no se sabía la lección que se le había señalado.
Así en su propio hogar con las palabras, los consejos y ejemplos de sus mayores se fue preparando para su Primera Comunión.
Fue en una de las fiestas de la Iglesia de la primavera de 1853 cuando Mariano recibió por primera vez al Señor como alimento y lo sintió tan cerca de si.

Fue una experiencia que a pesar de sus pocos años lo marcó para toda su vida.

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