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Su familia
Cuando ahora se pasa por la calle mayor de Almudévar a poco andar unos
se encuentra con una casona con fachada de piedra y sobre el umbral del portalón
de madera campea ya gastado el escudo de los Avellana.
Sin embargo, en 1851 la casa estaba pujante: bien cuidada, el escudo familiar
campeaba notoriamente y detrás del portalón se escuchaba una gritería
de varios niños jugando: era Mariano con sus hermanos Francisco y Rafaela.
Francisca de 16 años estaba ayudando a su madre en los quehaceres. Lucía,
de 7 años, correteaba con un aro por el patio interior, mientras que María
Teresa, de sólo 3, caminaba de pieza en pieza movida por la curiosidad
de sus años.
Doña. Rafaela, la dueña de casa, mientras tejía a bolillos
en el comedor, se sentía contenta de su familia y esperaba la llegada
de Francisco, su esposo.
A lo lejos se sintieron los cascos de los mulos sobre el empedrado de la calzada,
los niños detuvieron sus juegos y la madre se levantó dejando el
tejido sobre la mesa: era el dueño de casa que llegaba del trabajo del
día y venía a guardar los mulos del arado en el corral y después
pasar a las habitaciones de la casa.
La llegada del padre era nota de alegría en toda la casa su esposa y sus
hijos se acercaban a él para escucharle porque siempre tenía noticias
de los vecinos ya que era un hombre muy considerado en Almudévar.
Así el pequeño Mariano crecía en un hogar apacible
en el que todos se amaban y se iba formando ese carácter que más
tarde lo haría capaz de amar a los afligidos y los humildes.
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Avellana
Su escudo familiar |
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